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    Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco  
 
 
Historia

Los orígenes
En la Argentina, hacia finales del siglo XIX, el éxito de una nación se relacionaba con el avance científico y tecnológico al servicio del desarrollo comercial. Se tomaba como modelo el estilo de vida de la alta burguesía británica y se aspiraba a la apropiación de la cultura europea, en especial la parisina. El ideal de la sociedad de 1900 apuntaba a las naciones más desarrolladas de Europa, mientras que se relacionaba la tradición iberoamericana con el atraso político y religioso. No obstante, en la búsqueda de la legitimación del poder, se intentó la combinación de esta tradición con aquella modernidad.
En el proceso de construcción de una nueva nación era necesario poner por escrito una historia, más allá de los límites de las Guerras de Independencia, rescatando como propio el pasado español que el ideario republicano había anatemizado a lo largo del siglo XIX. La “era de los Centenarios” (1892-1916) favoreció la revalorización de la herencia hispana. A la hora de crear colecciones privadas o públicas, “los responsables de la formación de la identidad nacional” optaron por aquello que los definía como clase y como raza. España también era Europa, pero se la entendió sólo como un imprescindible primer capítulo hacia la modernidad.

 
Fachada actual del Museo Fernández Blanco
 

Los primeros coleccionistas argentinos mostraron una singular determinación a la hora de elegir objetos para ilustrar la historia, inclinándose hacia la genealogía. Buscaron y recolectaron títulos de hidalguía, ejecutorias, escudos de armas y archivos epistolares. Esta tendencia se vio complementada por el acopio de retratos antiguos o conmemorativos, tanto de antepasados como de figuras trascendentes. De este modo fueron rescatados de los viejos edificios coloniales los rostros ideales de los conquistadores, reyes y virreyes, y los enlazaron en la galería de héroes nacionales.
Las platerías coloniales de Perú, Bolivia y el Río de la Plata, así como el mobiliario lusobrasileño, las monedas y medallas, los libros antiguos y los documentos, daban cuenta del accionar de un grupo particular en el territorio argentino por casi trescientos años. Eran los testimonios de los padres que los habían precedido en el poder: austeros y elegantes como el mueble lusobrasileño y ricos y poderosos como la plata sudamericana.
El Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco nació bajo este ideal, como todos los museos del período. El legado de su fundador no escapó, salvo por ciertos matices, a las generalidades de la época. El coleccionismo de Isaac Fernández Blanco comenzó al acceder a la herencia de su padre en la década de 1880. Para esos años vivía en Europa, donde se abocó a la adquisición de instrumentos musicales antiguos animado por su ferviente vocación melómana. Al mismo tiempo, preparaba en Buenos Aires una casa que había adquirido, contigua a la de su madre, en la calle Victoria (hoy, Hipólito Yrigoyen) 1418. Se trataba del casco de una vieja quinta de principios del siglo XIX, que a lo largo de veinte años fue transformando en una mansión neorrenacentista de gusto ecléctico, soñándola como marco ideal para el desarrollo y contención de su colección de arte.
Vuelto a Buenos Aires en 1901, Fernández Blanco sustituyó paulatinamente su obsesión por los instrumentos musicales, dejándose invadir por su inclinación historicista. Por medio de compras y algunas donaciones, fue rescatando todo lo que sus parientes y las principales familias de su clase ya rechazaban: abanicos, peinetones, documentos, iconografía del período federal, mobiliarios y platerías virreinales.
Su afán coleccionista lo llevó a tener asociados que recorrían los territorios de la Argentina, Bolivia y Uruguay para adquirir los objetos de los antepasados de las familias antiguas. Tal fue el caso de Túbal C. García, su comprador destacado en Bolivia y el noroeste argentino. La Iglesia, en plan de renovación de sus templos, los anticuarios y las casas de remates de todo el país hicieron negocios con Fernández Blanco, en especial vendiéndole piezas de singular rareza y difícil ubicación en el mercado.

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El nacimiento del Museo

Ya desde la década de 1910, la mansión de los Fernández Blanco se abría a los visitantes interesados del país y extranjeros, y era la hija menor, Naïr, la encargada de las visitas guiadas. Esto otorgó a la colección el tópico de primer museo privado de la Argentina y a Isaac Fernández Blanco la fama de erudito y conocedor del pasado americano. A partir de esos años comenzó la afluencia de donaciones espontáneas, pues las familias criollas ya no sólo buscaban vender bien sus antiguos acervos sino que, tomando conciencia del valor intrínseco de sus herencias, aspiraban a la ubicación de los mismos en un ámbito permanente y prestigioso.
En septiembre de 1921, Fernández Blanco trasladó su familia a otro domicilio y abrió su casa como museo permanente para toda la comunidad. En 1922 vendió el edificio a la Municipalidad de Buenos Aires y donó la totalidad de su colección a dicho gobierno, inaugurándose como museo municipal el 25 de mayo de ese año. Permaneció como director honorario hasta 1926, cuando su mala salud lo obligó a retirarse del cargo, aunque continuó acrecentando la colección del Museo hasta 1928, año de su fallecimiento, adquiriendo obras de arte de forma particular para luego donarlas a la institución.
Este mismo mecanismo fue implementado por su yerno y sucesor en el cargo, el Dr. Alberto Gowland, gran admirador y colector del arte virreinal. Al final de sus gestiones, el Museo de Arte Hispanoamericano contaba con más de 9.500 piezas de los siglos XVI al XX como patrimonio de los ciudadanos de Buenos Aires.
En 1947, cumpliendo un decreto del año 1943 sobre especificación de los museos, la colección hispanoamericana del Museo Fernández Blanco se trasladó a su actual emplazamiento: el Palacio Noel, en Suipacha 1422. Se sumó así a la colección del Museo Colonial, que en 1936 había fundado el arquitecto Martín Noel en su propio domicilio, y al patrimonio virreinal proveniente de un antiguo museo municipal, disuelto en 1940. En el mismo período, y en cumplimiento del mismo decreto, se derivó la colección de instrumentos musicales al museo del Teatro Colón, los objetos históricos al Museo Saavedra y las colecciones de arte español de Noel y Fernández Blanco al entonces recién fundado Museo Larreta.
En 1963, el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco volvió a acrecentar su patrimonio gracias al legado de Celina González Garaño, que reunía más de 750 piezas de arte colonial americano. Asimismo, en 1972, su cuñada María Teresa Ayerza de González Garaño, a la muerte de su esposo Alfredo, cedió parte de su colección de arte jesuítico-guaraní. La donación se completó a su muerte, en 1989, con un importante legado de imaginería, pinturas y mobiliario coloniales.
Muchas donaciones y legados se destacaron en las últimas décadas, no en número pero sí en calidad y exquisitez de las piezas recibidas, como las de Ricardo Braun Menéndez (1967), Fiat Concord (1970), Pedro San Martín (1975), Max R. Von Buch (1978), Mario Hirsch (1983), María A. Alcorta de Waldorp (1997), la familia Angli (2002) y las sucesivas donaciones de las hermanas Mabel y María Castellano Fotheringham en los años 1994, 1998 y 2003, entre otras de gran valor.
La adquisición de obras con fondos municipales fue otra manera de acrecentar el patrimonio. Durante las décadas de 1960 y 1970, como consecuencia del Concilio Vaticano II, las antiguas iglesias y conventos argentinos llevaron a cabo grandes modificaciones en sus templos, propiciando la venta de parte de su patrimonio artístico colonial. La oportuna intervención del entonces director del Museo, el profesor Héctor Schenone, permitió rescatar del mercado algunas piezas fundamentales de la producción imaginera virreinal, así como valiosos ejemplares de mobiliarios y platerías religiosos.

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Nueva etapa

En octubre de 2000 se inicia un período inédito en la historia institucional del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco. Por vez primera, la responsabilidad de gestión recae en los cuadros técnicos y profesionales formados a lo largo de los últimos veinte años en el propio museo. A partir de esta circunstancia, se instala el desafío de rescatar lo mejor de las gestiones precedentes, pero también de abrir nuevas líneas y modalidades de trabajo en la búsqueda de ofertas culturales alternativas, una mayor afluencia de público y la modernización de los procesos técnico-administrativos: replanteo y tecnificación de los almacenes artísticos, creación de nuevas áreas de reservas, metodología de investigación y reclasificación del patrimonio, ampliación de los talleres de restauración e incorporación a los mismos de profesionales especializados, rediseño de las salas de exhibición y producción de un nuevo guión museológico como marco histórico cultural del patrimonio expuesto.
Así, el Museo, con más de 80 años de existencia, sigue trabajando para constituirse en el referente más importante de la historia del arte virreinal iberoamericano en el Cono Sur.

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El Palacio Noel

Hacia 1880 la inmigración europea cambió el perfil económico y social de la Argentina especialmente, el de la ciudad portuaria Buenos Aires. Para 1914, la mitad de los habitantes de la metrópoli eran extranjeros. Las presiones de los sectores populares y medios de la sociedad, en su mayoría integrados por inmigrantes, y la implantación del sufragio universal pusieron fin a la primera etapa conservadora. Desde mediados del siglo XIX, la alta burguesía argentina buscó la modernidad, que los liberales promocionaban afanosamente, en las formas y estilos europeos, generando un eclecticismo desprolijo y pintoresco. En los niveles populares, los grandes cambios étnico-políticos provocaron un repliegue de la cultura criolla, la que se vio rápidamente reemplazada por tradiciones europeas. Fue entonces que desde algunos grupos de intelectuales se intentó frenar ese avasallamiento.
La ruptura con la cultura europeizante establecida hasta el momento se generó desde el sector literario, con figuras de la talla de Ricardo Rojas, Rubén Darío y Manuel Ugarte. Surgió así, en el ámbito americano, lo que se denominó “primer nacionalismo” que, a partir de la Reforma Universitaria de 1918, alcanzó una mayor difusión dentro del mundo de las ciencias y de las artes. Este movimiento comenzó a disgregarse en tendencias como “indigenismo”, “hispanismo” y “americanismo”. Esta nueva ideología pretendía la regionalización cultural de América Latina, en contrapunto al avance imperialista de Europa y los Estados Unidos. La recuperación y difusión de las tradiciones y las artes ibéricas- fueron -consideradas el- medio por el cual -debían- unirse las naciones-- americanas-- para-- distinguirse de --otros pueblos y reconstruir su identidad, encaminándose hacia un mayor desarrollo.
El propulsor más encendido desde el área universitaria fue Martín Noel, arquitecto argentino graduado en l’Ecole Specialle d’Architecture de París. Un año después de su regreso a la Argentina, en 1914, y luego de importantes viajes de investigación y excavaciones por España, Bolivia y Perú, Martín Noel instaló en su grupo académico porteño la polémica eclecticismo vs. neocolonialismo. Con más de una veintena de volúmenes publicados y un sinnúmero de artículos en medios especializados, fue uno de los teóricos más destacados de este nuevo movimiento arquitectónico, desprendimiento artístico del pensamiento nacionalista.
Noel no se limitó a la especulación teórica, sino que desarrolló una continua actividad durante las décadas subsiguientes, tanto en la Argentina y otros países sudamericanos, como en España. En la gran mayoría de sus obras aplicó los fundamentos estilísticos de su ideología.
Dentro de sus creaciones más destacables se encuentra la construcción de su propia casa, inaugurada en 1922, que compartió con su hermano, el Dr. Carlos Noel. Su diseño, de inspiración barroca, es una notable conjunción de elementos españoles, como sus jardines andaluces, y peruanos, como sus balcones miradores y sus frontis a la manera de retablos. No obstante, su formación francesa y su cosmopolitismo no le permitieron evadir algunos rasgos neonormandos en el ábside de la capilla y la división a la francesa de la residencia en dos cuerpos independientes entre sí, de tres niveles cada uno, así como un cierto toque californiano más acorde con las comodidades de una vivienda de los años veinte.
La familia Noel habitó la casa por escaso tiempo, pues en 1936, debido a su elevado costo de mantenimiento, decidió venderla a la comuna por un monto simbólico que incluía la mayor parte de la colección de arte hispanoamericano y español que Martín Noel había adquirido en sus viajes por el continente y España. El arquitecto contaba con un excelente patrimonio de pintura cuzqueña, muebles españoles y virreinales de estilo frailero, imaginería y cerámica española, más todos los elementos arquitectónicos antiguos adosados a la mansión como parte de su terminación: puertas de iglesia, retablos, balcones limeños y otros.
Con la base de este patrimonio se fundó el primer museo que funcionó en la residencia y fue conocido con el nombre de Museo Colonial. En 1943, un decreto municipal determinó concentrar las colecciones del Museo Fernández Blanco y el Museo Colonial, eligiéndose el Palacio Noel como única sede por el concepto arquitectónico de su edificio y por su capacidad. A partir de 1947 se denominó Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, cumpliendo con la cláusula de la donación de Isaac Fernández Blanco que establecía el nombre que debía llevar el museo.

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